miércoles, 24 de junio de 2009

Redefiniendo el camino




Cuando tenía cinco años quería ser bailarina de ballet. Le dije a mi mamá y me metió a clases de baile en el kínder. Usaba un payasito rosa, medias y un par de pequeñas zapatillas. Según yo, seguía perfectamente los movimientos que nos señalaba la maestra y me esforzaba en estirar todo mi cuerpo. Seguramente mi postura era fatal y tenía la panza salida todo el tiempo, pero recuerdo haber bailado orgullosa el día del estreno. Después de eso, dejé las clases.

Toda mi vida he amado el baile, particularmente el ballet. Ahora sé que la vida de las bailarinas dista de ser alegre y glamorosa. Realmente implica muchos sacrificios y un esfuerzo constante. Además es una carrera muy ingrata, pues se acaba con la juventud.

Después de eso quise ser muchas cosas. Incluso algún día se me ocurrió ser domadora de ballenas, pero pronto descubrí que no era precisamente mi vocación.

El día en que no solamente vi las ilustraciones de mi libro de cuentos, sino que pude leer por primera vez las palabras, supe que quería ser escritora. Empecé con cuentos sencillos que le dictaba a mi mamá y que no llenaban ni la mitad de una hoja. Cuando fui lo suficientemente grande para escribir yo sola, realicé mi primer obra maestra: "Anita y Pepito perdidos en el espacio". Todavía tengo el manuscrito de tan ilustre ocurrencia.

Mi adolescencia la pasé chorreando tinta. Pasaba todas mis tardes leyendo y escribiendo. Ya fueran cuentos, diarios, cartas... lo que fuera. Entonces entré a estudiar la carrera. Olvidé mi amor por las letras y convertí mi pasión en un mero hobbie. Me dediqué a estudiar y un día me levanté convencida de que mi futuro era la academia.

Hace poco, dando vueltas por Gandhi, me topé con un librito de Borges. Lo abrí al azar y me encontré con estas líneas:

"Nadie puede escribir un libro. Para
que un libro sea verdaderamente,
se requieren la aurora y el poniente,
siglos, armas y el mar que une y separa."

Ayer, en un momento de inesperada lucidez, le dije a Juan José: "No quiero dedicarme a la filosofía". Fue una revelación sorpresiva para ambos. Ya se me había olvidado la razón por la que escogí esta carrera en un principio. Quería ser escritora, pero me di cuenta de que no tenía sobre qué escribir. Quise estudiar filosofía para encontrar un contenido, algo de lo que valiera la pena hablar.

No quiero enfocar todas mis energías en la academia. No me molesta vivir de ella, pero si tengo que escoger una maestría, será de literatura, de lo que me apasiona.

Llevo la filosofía en mis venas, pero no quiero que me den un título por leer a un montón de autores que me digan cómo pensar. Me gusta mucho mi formación, pero quiero empezar a producir por mí misma. Las palabras de Borges me recordaron que quiero habar con arte. No quiero jugar con las reglas del pensamiento duro. Soy filósofa y escritora por vocación, pero tengo esencia de soñadora.

jueves, 11 de junio de 2009

Desempolvando viejas plumas




"Lily dio media vuelta y se encontró de frente a una larga sombra ataviada de un elegante vestido negro adornado con joyas y velos que avanzaba hacia ella agitando sus ropajes en una danza mística.

Sin saberlo Lily sintió un miedo incontenible y dio un paso atrás, temblando y observando con ojos desorbitados al extraño bailarín que bailaba con una música silenciosa.

La sombra alzó sus brazos al aire y danzaba silenciosa y grácilmente, dando vueltas y haciendo flotar sus negras vestiduras alrededor de la joven, cautivándola con su baile.

Lily sintió un sudor frío bañar todo su cuerpo. Quería gritar, pero algo invisible le oprimía la garganta. No quería mirar aquella sombra, pero era imposible. Lily no podía dejar de admirar el sutil movimiento de la tela negra en el aire. La sombra parecía un bailarín experto moviéndose con gracia y belleza, extendiendo hacia ella sus brazos e invitándola a unirse a su danza mística.

La joven sintió dentro de ella la música preciosa que hacía bailar a la sombra. Cerró los ojos y se dejó llevar por ella.

Lily alzó sus brazos al aire, se dejó llevar, siguiendo los pasos de la sombra. Los jirones de su vestido blanco ahora sucio y gris, rozaron la tela negra.

La sombra guiaba a la joven con hilos invisibles y bailaba con ella por toda la estancia, sin atreverse jamás a tocarla.

Lily abrió los ojos y se fascinó por el misterio que la sombra escondía. Encontes alargó su mano para tocar las suaves vestiduras oscuras de la sombra, pero sólo sintió el contacto del aire. Y ahora no había nada más frente a ella.

Lily se encontraba sola frente al espejo, sin la compañía de la sombra, mirando su propio reflejo. Sus rizos negros le caían en cascada por los hombros y la espalda. Sus ojos dorados se miraron con gran confusión en el reflejo plateado del espejo. Su vestido ya no era el blanco que antes había sido. Ahora era negro y elegante como lo había vestido aquella sombra."



¿Recuerdas esto? ;)